Durante años hemos hablado de la necesidad de proteger la naturaleza para las generaciones futuras. Pero quizá deberíamos plantearnos también la pregunta al revés: ¿Qué ocurre si las generaciones futuras crecen cada vez más desconectadas de la naturaleza que queremos que protejan?
Recientemente hemos presentado los resultados del estudio “Más naturaleza, más salud”, desarrollado por el Institut de Recerca Sant Joan de Déu, la Unidad de Salud Medioambiental Pediátrica del Hospital Sant Joan de Déu Barcelona y la Suma Impact Foundation, de la formo parte de su Patronato.
El estudio ha contado con cerca de 2.900 niños y niñas de entre 8 y 12 años, pertenecientes a 34 centros educativos de Cataluña, en entornos urbanos, semirrurales y rurales.
Y sus resultados dejan algunas ideas sobre las que merece la pena detenerse.
No basta con tener naturaleza cerca
Probablemente esta sea, para mí, una de las conclusiones más interesantes.
Tendemos a pensar que la solución consiste en disponer de más parques, árboles, patios verdes o espacios naturales. Y, por supuesto, disponer de ellos es importante.
Pero el estudio apunta a algo más profundo: la mera presencia de naturaleza no garantiza una mayor conexión con ella ni, por sí sola, un mayor bienestar.
Lo importante es cómo se vive esa naturaleza.
Jugar, explorar, observar, aprender, tocar, descubrir. Convertirla en una experiencia frecuente, significativa y emocionalmente relevante.
Un dato de los centros participantes lo ilustra muy bien: el 74 % dispone de al menos diez árboles en el patio, mientras que solo el 44 % cuenta con un programa regular de actividades académicas o clases al aire libre.
Tenemos naturaleza. Quizá lo que nos falta es utilizarla más.
Más conexión, mayor bienestar
El estudio encuentra una relación entre una mayor conexión con la naturaleza y un mayor bienestar infantil.
Es una distinción importante.
No estamos hablando únicamente de cuántos árboles hay alrededor de un niño, sino de la relación que ese niño establece con el entorno natural.
Y esa relación puede tener implicaciones que van mucho más allá del bienestar inmediato.
Porque difícilmente cuidamos aquello que no conocemos. Y difícilmente sentimos como propio aquello con lo que nunca hemos establecido una relación.
De ahí una idea sencilla que atraviesa el estudio:
Conectar para conocer. Conocer para valorar. Valorar para cuidar.
El territorio importa
Otro resultado especialmente interesante tiene que ver con el lugar en el que crecemos.
Los niños y niñas que viven en entornos rurales presentan, en promedio, una mayor conexión con la naturaleza y niveles de bienestar significativamente más elevados. Las diferencias entre entornos semirrurales y urbanos son menos acusadas.
Esto nos obliga a mirar el territorio de otra manera.
El territorio no es únicamente el escenario en el que transcurre nuestra vida. Configura oportunidades.
Determina, en parte, cuánto podemos movernos de forma autónoma, qué espacios tenemos a nuestro alcance, cuánto tiempo pasamos al aire libre y qué relación cotidiana podemos establecer con nuestro entorno.
Y eso convierte la planificación urbana, los espacios escolares o la disponibilidad de zonas verdes también en cuestiones de salud y bienestar.
La equidad es algo más que renta
Hay otro hallazgo que me parece particularmente relevante.
Las diferencias en el contacto con la naturaleza observadas en el estudio no parecen explicarse únicamente por el nivel de renta del entorno.
Entran en juego otros factores: las oportunidades reales de acceso, los hábitos familiares y sociales, la autonomía infantil, el contexto territorial o la posibilidad de disponer de experiencias significativas.
Es una buena advertencia frente a soluciones demasiado simples.
No basta con crear un parque. Hay que hacer posible que los niños puedan vivirlo.
Por eso hablar de naturaleza e infancia también significa hablar de equidad: de quién tiene realmente la oportunidad de acceder, experimentar y relacionarse con ella.
Niñas y niños no construyen igual su relación con la naturaleza
El estudio incorpora además una perspectiva que me parece especialmente valiosa: la conexión con la naturaleza evoluciona de manera diferente en niñas y niños.
En promedio, las niñas muestran una mayor conexión con la naturaleza y, conforme aumenta la edad, aparecen trayectorias distintas.
Esto nos recuerda algo importante: tampoco deberíamos diseñar las políticas de infancia pensando en niños y niñas como un grupo homogéneo.
Entender cómo evolucionan esas relaciones puede ayudarnos a diseñar mejores experiencias educativas y ambientales.
De la evidencia a la acción
Quizá la pregunta más importante llegue ahora.
¿Qué hacemos con todo esto?
Las recomendaciones del estudio apuntan en una dirección bastante clara: promover experiencias frecuentes y significativas en la naturaleza; considerar las diferentes trayectorias de niñas y niños; garantizar oportunidades equitativas de contacto; e incorporar el territorio a las políticas de infancia, salud y naturaleza.
Y aquí creo que existe una enorme oportunidad para escuelas, administraciones, familias, empresas y organizaciones sociales.
Naturalizar un patio es importante. Pero también lo es sacar una clase fuera.
Crear un parque es importante. Pero también conseguir que los niños puedan llegar a él, utilizarlo y hacerlo suyo.
Proteger un bosque es imprescindible. Pero también necesitamos que las nuevas generaciones sepan qué significa caminar por él, descubrirlo y querer conservarlo.
Proteger la naturaleza empieza también por vivirla
La conexión con la naturaleza tiene una doble dimensión.
Puede contribuir al bienestar de nuestros niños y niñas hoy. Pero puede contribuir también a algo que necesitaremos mañana: generaciones que comprendan el valor de los ecosistemas y se sientan corresponsables de su conservación.
En sostenibilidad hablamos continuamente de cambio climático, biodiversidad, capital natural o restauración de ecosistemas.
Son grandes conceptos y grandes desafíos.
Pero quizá una parte de la respuesta empiece de una manera mucho más sencilla: permitiendo que un niño salga fuera, explore, juegue, se ensucie, descubra y establezca su propia relación con la naturaleza.
Porque proteger la naturaleza para las próximas generaciones es imprescindible.
Pero conseguir que las próximas generaciones quieran protegerla también lo es.