Cada vez estoy más convencida de que hablar de ESG es hablar de mucho más que de sostenibilidad.
Es hablar de geopolítica. De democracia. De derechos humanos. De desigualdad. De multilateralismo. Y, aunque a veces lo olvidemos, también de geografía.
Porque la geografía importa.
Y mucho.
Cuando la geopolítica deja de ser una línea en un mapa
Este año, motivada en parte por el creciente protagonismo de la geopolítica en los Consejos de Administración, decidí conocer Melilla.
Y me sorprendió.
Me encontré con una ciudad española preciosa, con una personalidad muy propia: su extraordinario patrimonio modernista, sus bares tradicionales, mucha vida en la calle y, sobre todo, una convivencia entre culturas y religiones que se percibe con enorme naturalidad.
Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes compartiendo una misma ciudad.
Pero hubo algo que me impresionó especialmente: tener África delante.
No en un mapa.
No en una presentación sobre riesgos geopolíticos.
Delante.
Ver físicamente la frontera te hace comprender de otra manera la singularidad de Melilla y también la de Ceuta.
La geopolítica se entiende de forma muy diferente cuando se pisa el territorio.
Y la actualidad de Ceuta nos lo recuerda ahora de forma especialmente intensa.
De repente, conceptos como frontera, soberanía, movimientos migratorios, seguridad, cooperación o derechos humanos dejan de ser abstractos.
Están ahí.
La geografía vuelve a importar
Durante décadas, especialmente en Europa, llegamos a pensar que las fronteras estaban perdiendo importancia.
La globalización avanzaba. Las cadenas de suministro se extendían por todo el planeta. Europa eliminaba fronteras interiores. Y confiábamos en que unas reglas compartidas y unas instituciones multilaterales serían capaces de gestionar nuestras diferencias.
Hoy el mundo parece avanzar en otra dirección.
Vuelven a importar las fronteras.
Importan la energía, las materias primas, las rutas comerciales, la tecnología, dónde se fabrican las cosas y quién controla determinados recursos.
Ceuta y Melilla siempre han estado ahí. Son ciudades españolas y europeas situadas en el norte de África. Pero su posición geográfica las convierte en enclaves especialmente sensibles en un mundo en el que los equilibrios geopolíticos están cambiando rápidamente.
Y aparecen preguntas difíciles.
Defender nuestras fronteras y nuestra integridad territorial me parece un principio irrenunciable. Defender los derechos humanos, también.
¿Son incompatibles? No deberían serlo.
Precisamente ahí reside una de las dificultades de gobernar en un mundo complejo: ser capaces de mantener nuestros principios también cuando las circunstancias lo hacen difícil.
La seguridad y los derechos humanos no deberían plantearse como valores contrapuestos.
Y esta reflexión trasciende, naturalmente, a Ceuta y Melilla.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la ESG?
Mucho.
Porque ESG no debería consistir solamente en calcular emisiones, elaborar informes de sostenibilidad o definir indicadores.
ESG habla, en último término, de responsabilidad.
De cómo incorporamos las consecuencias ambientales y sociales a nuestras decisiones.
Y eso vale para las empresas, pero también para las instituciones.
El cambio climático no se detiene en una aduana. Tampoco lo hacen las migraciones, la pérdida de biodiversidad, las crisis energéticas o las desigualdades.
Hay problemas que ningún país y ninguna empresa pueden resolver solos. Necesitamos gobiernos. Empresas. Sociedad civil. Organismos internacionales.
Y necesitamos espacios en los que todos ellos sean capaces de ponerse de acuerdo, al menos, en unas reglas mínimas.
Necesitamos multilateralismo. Aunque hoy no esté precisamente de moda.
Quizá haya que repensar el multilateralismo
Durante años hemos confiado en instituciones internacionales creadas para un mundo muy diferente del actual.
Hoy asistimos a una reorganización del poder mundial.
Estados Unidos está redefiniendo su liderazgo y priorizando con mayor claridad sus propios intereses. China continúa construyendo su influencia económica, tecnológica y geopolítica. Y muchas de las instituciones multilaterales muestran dificultades para responder a una realidad mucho más fragmentada.
Quizá, por tanto, no se trate simplemente de defender el multilateralismo tal como lo hemos conocido. Tal vez haya que repensarlo.
Porque seguimos necesitando reglas globales y consensos básicos.
Los necesitamos para combatir el cambio climático, gestionar las migraciones, reducir las desigualdades, proteger los derechos humanos o abordar retos tecnológicos que no entienden de fronteras.
¿Y Europa?
Europa también tiene que decidir qué papel quiere desempeñar en este nuevo mundo.
Seguramente tendrá que aprender a defender mejor sus intereses, sus empresas y sus fronteras.
Pero creo que debería hacerlo sin renunciar a aquello que constituye una parte esencial de su identidad: democracia, Estado de derecho, derechos humanos, cooperación y sostenibilidad.
No siempre será fácil.
Pero renunciar a esos valores tampoco nos hará más fuertes.
La ESG corre el riesgo de olvidar por qué nació
En los últimos años hemos convertido la ESG en algo extraordinariamente técnico.
Taxonomías. Indicadores. Estándares. Reporting. Ratings. Regulaciones.
Todo ello es necesario.
Pero quizá corremos el riesgo de olvidar por qué empezamos a hablar de sostenibilidad.
No era para producir mejores informes.
Era para construir mejores empresas y contribuir a una sociedad capaz de afrontar problemas que son demasiado grandes para resolverlos individualmente.
Mi visita a Melilla me recordó algo muy sencillo:
el lugar desde el que miramos el mundo condiciona cómo lo entendemos.
Desde Barcelona, Bruselas o una sala de Consejo, una frontera puede ser una línea sobre un mapa.
Desde Melilla, la frontera está delante de ti.
Una brújula cuando el mundo pierde referencias
¿Cómo protegemos nuestras fronteras sin renunciar a nuestros valores?
¿Cómo defendemos nuestros intereses y, al mismo tiempo, cooperamos para resolver problemas globales?
¿Cómo reconstruimos una gobernanza internacional que funcione en un mundo cada vez más fragmentado?
No tengo las respuestas.
Pero sí una convicción.
Cuando el mundo pierde referencias, los valores importan más, no menos.
Y quizá los principios que están detrás de la ESG —aunque mañana decidamos llamarlos de otra manera— sean parte de la brújula que necesitamos para no perder el rumbo.
Mª Luz Castilla Porquet Consejera y estratega empresarial sostenibilidad@mariluzcastilla.com
