Skip to main content

En un contexto internacional marcado por la fragmentación geopolítica, la incertidumbre económica y la creciente tensión entre bloques, la política climática ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en una variable estratégica central en la agenda de gobiernos y Consejos de Administración. Analizar el proceso y los resultados de la COP30 ya no es solo un ejercicio de diplomacia climática: es, cada vez más, un ejercicio de geopolítica en estado puro.

La COP30, celebrada en Belém (Brasil), a las puertas de la Amazonía, estuvo rodeada de dificultades logísticas, controversias sociales y una intensa participación de los pueblos indígenas. En esta edición opté por participar de forma virtual, siguiendo plenarias y reuniones online, y aunque me perdí los “pasillos” de la COP, ello me permitió contrastar y analizar los resultados junto a distintas organizaciones y foros: el Grupo Español de Crecimiento Verde (GECV), Carbon Brief, IESE, la ICC, ECCO, FeC, o el encuentro que organizamos en EJE&CON sobre la COP, con participación a título personal de representantes de IDDRI y la UNFCCC.

La COP como escenario geopolítico

Las COP tienen múltiples capas y espacios de lectura: las negociaciones formales entre países y bloques, los pabellones nacionales, los encuentros bilaterales en los pasillos, las ruedas de prensa o las plenarias. Pero, más allá de esta complejidad, hay una realidad incuestionable: la COP es hoy uno de los mejores observatorios para entender la geopolítica contemporánea.

Cada país define su posición climática en función de una estrategia geopolítica propia, alineada con sus intereses económicos, energéticos, sociales y de seguridad. Por ello, más que un foro ambiental, la COP se ha convertido en un auténtico máster acelerado de geopolítica global.

La COP30 concluyó con un documento político de alto nivel —el Global Mutirão— y con numerosos textos técnicos consensuados. Sin embargo, como señalaba el análisis de Carbon Brief, el Global Mutirão utiliza mayoritariamente verbos inactivos (“recognises”, “recalls”, “acknowledges”…), lo que obliga a ir más allá del texto político visible y a sumergirse en el conjunto de decisiones técnicas para comprender realmente dónde están los avances sustantivos de la COP.

 Diez años del Acuerdo de París: ambición, credibilidad y nuevas alianzas

La COP30 coincidió con el décimo aniversario del Acuerdo de París, que sentó las bases para limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C a través de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC). Diez años después, los resultados muestran los logros conseguidos, pero también el camino por recorrer.

La presentación de los nuevos NDC se produjo en un contexto especialmente complejo: ambición contenida, crisis de credibilidad y compromisos crecientemente condicionados a la disponibilidad de financiación.

Paradójicamente, aunque la COP30 estaba llamada a “salvar el clima”, el principal resultado político ha sido un refuerzo del multilateralismo, aunque en un escenario radicalmente distinto. Con Estados Unidos fuera del Acuerdo de París, emergen nuevas alianzas y equilibrios de poder que deberán gestionarse con inteligencia política y diplomática.

La mitigación seguirá en el centro del debate, con un refuerzo de la implementación de los NDC a través de iniciativas como el Global Implementation Accelerator —una plataforma voluntaria impulsada por las presidencias de la COP30 y COP31— y la Belém Mission to 1.5, orientada a fomentar mayor ambición y cooperación internacional en mitigación, adaptación e inversión.

Brasil mostró una elevada ambición política, con propuestas para incluir en la agenda la eliminación progresiva de los combustibles fósiles o la deforestación. Sin embargo, la falta de consenso llevó a que estos temas se canalicen a través de hojas de ruta específicas en los próximos años. Colombia ha propuesto una reunión internacional en abril de 2026, con el apoyo de varios países, entre ellos España, aunque su alcance y resultados siguen siendo inciertos en un contexto político cambiante.

Para las empresas, el mensaje es claro: la presión para reducir emisiones no disminuye. El Acuerdo de París sigue plenamente vigente y, eso si, el foco se desplaza hacia la implementación efectiva.

Adaptación: prepararse para el clima del futuro

Con temperaturas que ya superan de forma recurrente el umbral de 1,5 °C, la atención se desplaza inevitablemente hacia la adaptación: cómo preparar economías, territorios y sociedades para un clima que ya es una realidad.

La gran pregunta sigue siendo quién paga la adaptación. Los países han asumido el compromiso de movilizar hasta 120.000 millones de dólares anuales, en un contexto de presupuestos públicos tensionados, con la referencia de los 300.000 millones de dólares anuales acordados en Bakú y la ambición de avanzar hacia los 1,3 billones anuales. La combinación de financiación pública, instrumentos privados y mecanismos de aseguramiento climático será clave.

El debate sobre adaptación continúa abierto. Los 59 indicadores finalmente aprobados han generado controversia, al percibirse más políticos que estrictamente basados en la evidencia científica, lo que anticipa nuevas discusiones en futuras COP.

Comercio, competitividad y clima: una agenda inseparable

Una de las grandes novedades de esta COP fue la incorporación explícita de las cuestiones comerciales en el debate climático. No era un asunto previsto ni exento de fricciones.

Mientras algunos países defendían una economía abierta sin barreras, otros subrayaron el carácter transfronterizo de ciertas políticas climáticas, como el CBAM. El resultado fue la creación de un Integrated Forum on Climate Change and Trade (IFCCT), que permitirá seguir profundizando en este debate.

El mensaje de fondo es claro: la competitividad y la economía forman ya parte estructural de la agenda climática.

Transición justa: necesaria, pero compleja

La transición justa se reconoce como un elemento imprescindible, aunque con múltiples dimensiones. Existe una dimensión doméstica, vinculada al empleo y al diálogo social, y otra internacional, relacionada con la equidad entre países, mucho menos visible.

No se incluyeron finalmente referencias explícitas a minerales críticos ni a la transición desde los combustibles fósiles. Será especialmente relevante observar cómo se concreta el Mecanismo de Transición Justa propuesto en la COP30.  España es un ejemplo de políticas de Transición Justa con un  Instituto para la Transición Justa (MITECO). 

Desde la óptica empresarial, se percibe cierta fatiga regulatoria y poco apetito por incorporar nuevas métricas sociales adicionales a las ya exigidas por la regulación en los procesos de descarbonización.

Mercados de carbono: de la norma a la acción

En el ámbito de los mercados de carbono (Artículo 6 del Acuerdo de París), la COP30 en Belém debía marcar un giro desde la negociación normativa hacia la implementación, consolidando el paso dado en la COP29 en Bakú. En esta última se logró cerrar el marco regulatorio pendiente, acordando las reglas básicas para garantizar la integridad ambiental, la transparencia y la correcta contabilidad de las reducciones de emisiones, lo que permitió dejar plenamente operativos los instrumentos del Artículo 6. Todo ello vino acompañado de un respaldo político explícito a los mercados de carbono como instrumento para reducir costes de cumplimiento y canalizar financiación hacia los países en desarrollo.

Sobre esa base, la COP30 no se centró en renegociar las reglas —aunque hubo algunos intentos en ese sentido—, sino en abordar cómo aplicarlas en la práctica. Si bien los avances fueron limitados, se impulsaron acuerdos bilaterales entre países bajo el Artículo 6.2, reforzando el paso desde el marco normativo hacia su implementación operativa.

El mensaje es claro: los mercados de carbono ya no son un debate teórico, sino un instrumento clave para implementar las NDC y acelerar la acción climática, cuyo impacto dependerá ahora de la calidad de su aplicación y de la confianza que logren generar.

Temas emergentes y nuevas narrativas

Más allá de los acuerdos formales, la COP también envía señales relevantes a través de iniciativas colaterales, menos burocráticas pero altamente influyentes:

Estas iniciativas anticipan prioridades emergentes y contribuyen a actualizar las narrativas que enmarcan la acción climática.

Bloques, liderazgos y reequilibrios globales

La COP funciona en la práctica a través de bloques de negociación, una dinámica inevitable en un contexto de negociaciones largas y complejas en el que no todos los países pueden sostener delegaciones amplias. Este funcionamiento refuerza la emergencia de nuevos liderazgos colectivos y de actores con mayor capacidad de influencia en la definición y, sobre todo, en la implementación de la agenda climática.

Los bloques emergentes negocian con creciente determinación, marcan su propio rumbo y ganan peso en la configuración del nuevo equilibrio global, mientras que los niveles subnacionales adquieren un protagonismo creciente como motores de la acción climática. En este escenario, la Unión Europea deberá redefinir su posicionamiento en este orden internacional en transformación.

Mirando hacia adelante: de la negociación a la implementación

Las futuras COP serán previsiblemente diferentes. Con la arquitectura básica ya definida y sin grandes nuevos acuerdos a la vista, el foco se desplaza claramente hacia la implementación, en su dimensión más política. El verdadero desafío será acelerar la acción climática a través de regulación, políticas públicas y programas nacionales con impacto real sobre el sector privado.

La COP30 se presentó como la COP de la Verdad y de la Implementación, y ese sigue siendo el gran reto: pasar definitivamente de la retórica a la acción en un contexto en el que clima, geopolítica, economía y competitividad son ya inseparables.

Mª Luz Castilla Porquet
Consejera y estratega empresarial 
sostenibilidad@mariluzcastilla.com