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Clima, energía y poder: por qué la transición ya no va solo de emisiones.

La conversación climática está cambiando. Y probablemente más rápido de lo que muchas organizaciones, gobiernos y marcos regulatorios estaban preparados para asumir. Durante años, el debate climático se articuló principalmente alrededor de la descarbonización y la reducción de emisiones. Hoy, sin embargo, la conversación incorpora nuevos conceptos que están redefiniendo la agenda global: seguridad energética, resiliencia, adaptación, recursos críticos, geopolítica industrial y límites físicos del modelo económico. Estas fueron algunas de las principales reflexiones surgidas en la sesión “Clima, energía y poder: el nuevo tablero geopolítico de la transición”, que organizamos desde los Foros de Sostenibilidad y de Energía y Materias Primas de EJE&CON, junto a Lara Lázaro Touza, Elena López Gunn y Ana Serrano Oñate.

La transición energética ya no puede entenderse solo como una agenda climática.

El cambio climático ha dejado de ser únicamente una cuestión ambiental. Hoy es también una cuestión económica, geopolítica y de seguridad. Los eventos extremos se multiplican y Europa se calienta aproximadamente al doble de velocidad que la media mundial. Sequías, inundaciones, olas de calor o estrés hídrico ya no son escenarios futuros, sino impactos presentes con consecuencias directas sobre infraestructuras, cadenas de suministro, competitividad y estabilidad social. Según estimaciones recientes, el impacto macroeconómico del cambio climático puede reducir significativamente el crecimiento económico global en las próximas décadas si no se acelera la adaptación y la resiliencia. En paralelo, el cambio climático está actuando como multiplicador de riesgos y conflictos: presión sobre recursos estratégicos, competencia energética, tensiones sobre materiales críticos o vulnerabilidad de infraestructuras clave.

La energía barata y abundante ya no puede darse por garantizada.

Una de las reflexiones incómodas está relacionada con los límites físicos del modelo energético actual. La economía moderna se construyó sobre combustibles fósiles abundantes, baratos y de alta densidad energética, especialmente petróleo. Sin embargo, esa abundancia es cada vez más relativa por razones geológicas, comerciales y geopolíticas. Actualmente, el consumo mundial ronda los 58 mil millones de barriles equivalentes de petróleo al año, mientras que la reposición anual de reservas se sitúa muy por debajo de esa cifra. El problema ya no es únicamente cuánto recurso existe geológicamente, sino cuánto suministro puede convertirse en energía accesible, estable, rentable y geopolíticamente segura. Este cambio de contexto tiene implicaciones profundas. Porque la transición energética no consiste únicamente en sustituir unas tecnologías por otras.

Las renovables crecen, pero todavía no sustituyen plenamente a los fósiles.

Las energías renovables son imprescindibles y están creciendo con rapidez. Sin embargo, hoy siguen cubriendo principalmente nueva demanda energética más que sustituyendo plenamente a los combustibles fósiles, que continúan siendo la base estructural del sistema económico global. La demanda energética mundial sigue aumentando impulsada por digitalización, inteligencia artificial, centros de datos, electrificación y crecimiento económico. A ello se suma otro factor clave: la dependencia de materiales críticos. Litio, cobre, níquel, cobalto o tierras raras son esenciales tanto para la transición energética como para la transición digital. Pero su extracción está altamente concentrada geográficamente y asociada, en muchos casos, a tensiones ambientales, sociales y geopolíticas. La transición ya no depende únicamente de capacidad tecnológica. Depende también de acceso a materiales, infraestructuras, cadenas de suministro y estabilidad geopolítica.

Adaptación: de tema secundario a prioridad estratégica.

Durante años, la adaptación ocupó un papel secundario frente a la mitigación. Hoy eso está cambiando rápidamente. La adaptación ya no se interpreta como asumir el fracaso climático, sino como reconocer que parte de los impactos ya son inevitables y que la resiliencia debe incorporarse al centro del modelo económico y territorial. Esto afecta especialmente a las ciudades. Urbanismo, movilidad, infraestructuras, gestión del agua, edificación, salud pública o planificación energética tendrán que rediseñarse bajo nuevas condiciones climáticas. Además, la adaptación conecta más fácilmente con la ciudadanía porque sus impactos son tangibles y cercanos. La DANA, las olas de calor o el estrés hídrico hacen visible un debate que durante años parecía abstracto o lejano.

Geopolítica climática: un mundo más fragmentado.

La gobernanza climática internacional también está entrando en una nueva fase. Estados Unidos se retira de algunos compromisos internacionales y debilita determinados marcos multilaterales, mientras China mantiene sus compromisos climáticos y acelera inversiones industriales y tecnológicas ligadas a la transición energética y digital. La Unión Europea continúa ejerciendo un liderazgo regulatorio y diplomático relevante, aunque cada vez más condicionado por tensiones competitivas, sociales e industriales que obligan a flexibilizar ritmos y prioridades. Empiezan además a aparecer nuevos conceptos que probablemente marcarán las próximas COP y negociaciones internacionales: “clubs climáticos”, industria verde, autonomía estratégica, economía circular o fondos de adaptación.  Todo ello en un contexto de negociaciones cada vez más fragmentadas y a distintas velocidades.

Del riesgo a la oportunidad: una nueva agenda de crecimiento verde.

La conclusión de fondo es clara: la transición climática y energética ya no puede entenderse solo como una agenda de reducción de emisiones. Es una agenda de seguridad, competitividad, resiliencia y transformación económica. La cuestión es cómo construir economías competitivas, resilientes y socialmente viables en un contexto de límites físicos, tensiones geopolíticas y creciente vulnerabilidad climática.
Pero precisamente por eso también es una agenda de oportunidad. Repensar cómo producimos, consumimos, nos movemos, construimos y gestionamos los recursos abre un enorme espacio para la innovación, la inversión y el crecimiento verde. Desde la rehabilitación urbana y las infraestructuras resilientes hasta la electrificación, la eficiencia energética, la economía circular, la gestión inteligente del agua, los nuevos materiales o la relocalización de cadenas de valor, la transición puede convertirse en una palanca de modernización económica.
La clave será anticiparse. Las empresas y territorios que entiendan antes este nuevo contexto no solo estarán mejor preparados para gestionar riesgos climáticos, energéticos y geopolíticos; también podrán capturar nuevas oportunidades de competitividad, empleo, inversión y liderazgo. En un mundo más fragmentado y vulnerable, la resiliencia no es solo una defensa. Puede ser también una estrategia de crecimiento.

Mª Luz Castilla Porquet
Consejera y estratega empresarial 
sostenibilidad@mariluzcastilla.com