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Estos días se celebra en Barcelona Alimentaria, la gran cita del sector de la alimentación. He tenido ocasión de participar en una mesa redonda y conversar con muchas empresas del sector.

Durante años, hemos hablado de sostenibilidad en alimentación como si fuera una cuestión reputacional, casi estética. Un tema de reporting, de indicadores, de cumplimiento. Pero la realidad es mucho más incómoda. El sistema alimentario no es solo un sector económico más. Es el sistema que sostiene la vida. Y hoy está sometido a una presión sin precedentes: cambio climático, pérdida de biodiversidad, estrés hídrico, tensiones geopolíticas y una demanda creciente de alimentos. Y, sin embargo, seguimos abordándolo como si fuera un tema accesorio.

La gran contradicción: un sistema clave… que necesita más atención

Hoy sabemos (datos de Statista) que los sistemas alimentarios generan aproximadamente un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Pero también sabemos que son responsables de:

  • el 70% de la pérdida de biodiversidad
  • el 70% del uso de agua dulce
  • cerca del 80% de la deforestación global.

Y, aun así, reciben menos del 5% de la financiación climática global. Ese dato, por sí solo, resume el problema. No estamos ante una falta de soluciones. Estamos ante un fallo de prioridades.

Las COP han cambiado el relato… aunque todavía no la realidad

Durante mucho tiempo, la alimentación fue prácticamente invisible en las COPs. El foco estaba en la energía, la industria o el transporte. Eso ha cambiado. Hoy, la alimentación ha entrado en la agenda climática global con entidad propia: programas específicos, alianzas internacionales, financiación dedicada y, sobre todo, un consenso claro.

No hay transición climática sin transformación del sistema alimentario.

El trabajo conjunto impulsado desde la COP27 de Sharm el-Sheikh marca un punto de inflexión: por primera vez se aborda de forma estructural la relación entre clima, agricultura y seguridad alimentaria, integrando mitigación, adaptación y resiliencia en un mismo marco, con foco en el agricultor y la financiación. Pero el reto sigue siendo el mismo: pasar del marco a la ejecución.

El ciudadano: concienciado… pero bloqueado

Hay otra realidad incómoda que rara vez se menciona. El ciudadano no es indiferente: está informado, está preocupado, pero no siempre actúa.

Según el estudio sociológico del Suma Net Zero Index, los datos son claros:

  • solo un 38% se siente realmente responsable a nivel individual
  • el 67% reconoce barreras económicas para cambiar sus hábitos
  • 1 de cada 2 considera difícil adoptar comportamientos más sostenibles en su día a día.

Y en alimentación, esto es aún más evidente:

  • la alimentación representa en torno al 21% de la huella de carbono de un ciudadano, pero este tiende a infravalorar su impacto
  • un 64% reconoce que cambiar sus hábitos alimentarios es difícil
  • además, subestima el impacto real de lo que come en su huella de carbono.

Aquí hay varias lecciones clave: necesitamos atraer al consumidor con información clara y veraz, pero también facilitarle el cambio con incentivos y mejores infraestructuras.

Además, acercarnos a la dieta mediterránea —más equilibrada, saludable y basada en productos vegetales— no solo tiene beneficios para la salud, sino también para el planeta.

Las empresas: del compliance a la estrategia

Muchas empresas han abordado la sostenibilidad como una obligación: regulación, reporting, ESG. Pero el sector alimentario está forzando un cambio de paradigma. Porque aquí los riesgos no son teóricos:

  • sin agua, no hay producción
  • sin suelo fértil, no hay negocio
  • sin biodiversidad, no hay materias primas

Por eso estamos viendo tres velocidades claras:

  1. Empresas que actúan por convicción, guiadas por el Propósito
  2. Empresas que reaccionan por riesgo (hídrico, climático, reputacional, regulatorio…)
  3. Empresas que entienden la oportunidad (innovación, nuevos productos o mercados, diferenciación de marca, acceso a financiación…)

Las más avanzadas ya no hablan de sostenibilidad. Hablan de modelo de negocio. Y ahí es donde ocurre el cambio real.

Innovación: donde está (de verdad) la oportunidad

La transformación del sistema alimentario no será incremental. Será estructural. Y estará impulsada por la innovación. En Alimentaria he visto algunos ejemplos:

  • agricultura regenerativa y captura de carbono en suelos. Fue especialmente impactante visualizar la diferencia de suelos en el stand del Regen Institute, que impulsa certificación en agricultura regenerativa

  • tecnologías de precisión y uso eficiente de recursos
  • nuevas proteínas y cambios en la demanda. La empresa GRILLCO, por ejemplo, comercializa harina de insectos
  • digitalización de la cadena de valor
  • y nuevos modelos económicos basados en servicios ecosistémicos

El Artículo 6 del Acuerdo de París introduce un cambio silencioso pero radical: permite monetizar la captura de carbono en agricultura. Esto significa que el agricultor deja de ser solo productor de alimentos… y pasa a ser proveedor de servicios climáticos. Es un cambio de paradigma económico. Y puede atraer inversión, no solo pública, sino también capital privado hacia nuevas tecnologías y soluciones basadas en la naturaleza.

El trabajo de fundaciones como Suma Impact Foundation, de la que soy trustee desde el Patronato, es un buen ejemplo de cómo se están impulsando casos reales de innovación en economía regenerativa.

El verdadero reto: rediseñar el sistema

El error más común es pensar que esto va de “hacerlo mejor”. No va de optimizar. Va de transformar.

Porque el problema no es solo cómo producimos alimentos. Es cómo los distribuimos, cómo los consumimos… y cómo gestionamos el desperdicio alimentario. Hoy, cerca del 25% de los alimentos se pierde o desperdicia a nivel global. Mientras tanto, casi 800 millones de personas pasan hambre. No es un problema de capacidad. Es un problema de sistema.

         

Un mensaje final

Hay una idea que empieza a ser evidente: la sostenibilidad ya no es una opción. Es la condición para que el sistema alimentario siga existiendo.

No se trata de reportar mejor. Se trata de producir distinto.

No se trata de hacer las cosas “un poco mejor”. Se trata de hacerlas de otra manera.

Porque los retos no desaparecen por no actuar. Pero las oportunidades tampoco aparecen sin decisión.

La sostenibilidad alimentaria no es un tema ambiental. Es un tema económico. Es un tema social. Y cada vez más, es un tema geopolítico. O lo hacemos bien… o no habrá sistema que sostener. Porque el mayor riesgo ya no es climático. Es alimentario.

La sostenibilidad es clave para la transformación, la resiliencia y la competitividad del sistema alimentario global.

Mª Luz Castilla Porquet
Consejera y estratega empresarial 
sostenibilidad@mariluzcastilla.com